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7 de junio de 2013

(De)construyéndome

Me paso los días esperando. 

Esperando una llamada en el móvil. Un mensaje que me saque una sonrisa. 
Me paso los días esperando que el tiempo no me consuma. Que me levante un día y sepa como aguantar el tipo otro día más. Como hacer que el día se convierta en algo especial, en algo para recordar. Me paso el día esperándote. Viendo como siempre el tiempo me saluda en la cara y yo le digo adiós. Y tú siempre llegando tarde. A veces me pregunto porque siempre consigues hacerme sentir como algo secundario, como alguien que siempre estará ahí. La mayoría de veces intento que no se me note o hago ver como que no me importa y que se me pasa a los diez segundos después de abrazarnos. Pero no, esto es mucho más, es algo que se queda grabado en el corazón y aunque parezca que estamos bien durante un tiempo, siempre acaba volviendo. Siempre acabas volviendo. Y cuando digo siempre, me refiero a cada día que tenemos para vernos. Me refiero a los diez minutos del principio y a la hora que ha acabado siendo. No quiero que me des la espalda en esto. Mi mejor parte del día muchas veces acaba siendo la que más miedo me da, de la que más dependo y no quiero depender, de la que más rabia me da, que quisiera olvidar,que más lágrimas me saca,...
 

Me paso los días esperando que todo cambie. Pero en realidad, creo, que he de cambiar yo. Que debería dejarlo todo aquí o donde sea y mudarme; mudarme a un lugar en que todo se trate de empezar de cero. Y que cuando lo haya conseguido, aunque sea durísimo, si las cosas/personas que dejé aún están es que merecían tener un lugar en mí.
Siempre he dependido de alguien para tener suficiente valor para hacer las cosas que realmente importan. Siempre me he mantenido al margen y me he acoplado a las necesidades de otros. Necesito que alguien sucumba a mi. Que se " muera" por hacer algo por mi y para mi. Pensando sólo en mi. De la mejor manera egoísta posible. ¿Por qué hay gente que lo hace de forma natural y a otra debes pedírselo a gritos? ¿Por qué hay gente que sabe lo que quieres y lo hace? Lo hace sin pedírselo. Eso tan egoísta, es lo que estoy pidiendo. Algo mucho más que esa palabra "extraña" de cuatro letras. 

7 de diciembre de 2011

Mudamos palabras y bailamos.

Vista desde Montserrat'11.
Hubo un día, puede que fuese un miércoles, en que el cielo se estrelló.
Dejamos los papeles volar hacia el suelo, las mantas en el recibidor y los corazones apunto de abrazarse en la habitación. Las luces de Navidad alumbraban la chimenea y los villancicos seguían girando en el tocadiscos que nos regaló tu abuelo. 
Nuestras manos temblando, y nuestros pies abrigados en calcetines de colores. El olor a gengibre en las galletas que reposaban en la bandeja del comedor, las que hicimos para Paula y Mateo. 
El telefono desconectado, las lágrimas recorriendo mi cara y tus brazos sujetándome fuerte. 
Ya no volvió a salir el sol, ya no volvimos a ser valientes. 
Hubo un día, en que el portazo sonó cómo un signo de interrogación. Desnudaste los armarios, la cocina tambaleó, te llevaste el café y las almendras. Las sonrisas desaparecieron.
El buscador de internet no nos devolvía. 
No aparecieron porqués, ni reproches. Desordenes.
No hubieron situaciones de estudio, ni respuestas...
Sólo silencio.
Noches.
Vacío. 
El olor a mandarina y a aroma de vainilla de mi acondicionador. Empezamos a conjugar verbos por separado y a formar hiatos allí dónde antes se formaban agudas. Empezamos a restar en lugar de multiplicar por dos, a escuchar canciones enjauladas, alimentadas de fines de mundo, de catastrófes.
Quemamos guías de viaje y recuerdos que no hicimos realidad, amurallamos nuestras miradas, grabamos conversaciones nocturnas, pasamos horas sin hacer nada. 
Nos reinventamos y nos vimos morir, fuimos cómo héroes y nos dejamos inundar. Nos mordimos el corazón.
Nos quisimos. 

10 de enero de 2009

El inicio; o el final del todo.






Me llamó, a la una de la madrugada, un miércoles cualquiera. Tenía la voz entrecortada y parecía que había bebido unas copas de más (pero yo se lo perdonaría). Dijo que estaba en un bar de carretera debatiéndose entre volver o quedarse. Tenía miedo, los dos lo teníamos. Yo le dije, que tenía el corazón apunto de ahogarse. Y él me sonrió, como siempre hacía - no me había sentido nunca tan culpable como aquella noche. Le había dejado escapar para siempre, lo sabía- Y entonces, colgó. Y las ilusiones que tenía puestas en que volverían se rompieron en mil pedazos. Me había dejado una nota en la nevera, me quería, pero se iba porque el dolor que sentía era tan grande que no podía mejorarlo.

Lo nuestro se rompió con una post-it de despedida. Hoy, le recuerdo y aún noto mariposas en mi interior o que mi corazón se revoluciona si uso su colonia para sentirlo cerca. Todo los miércoles del año son iguales. Llevo el teléfono en la mano por si él me llamara. Y busco compasión en las notas del piano que aprendí junto a él. Cada día leo las cartas que me atreví a escribirle con todas las cosas que no le dije nunca, por si se decidía a volver.

No ha vuelto a llamarme.
Yo, aquella noche le perdí.