es la clave para entenderte.
La luz tenue
que te desdibuja en la pared del comedor.
El ventilador girando,
tu pelo acompasado, bailando, desenvuelto.
Como las cintas de un regalo,
por abrir.
Sonaba jazz,
mientras el agua recorría tu vientre,
bajaba por tu cadera sin pedir permiso,
se materializaba hasta tus muslos,
me descubrí carnívoro.
Aquel cuarto día de primavera,
la ciudad a tus pies,
el mundo en un retrovisor.
Las farolas reprochándote el porque,
siempre nos quedará París en la mano.
Tu voz se desnudó,
había llegado la hora de la despedida.
Tan sólo un aeropuerto entre los dos.
Un viaje lleno de sentimiento.
Y miento, si te digo que te olvidé.
(aún lo hago)

